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miércoles, diciembre 14, 2016

Elena es feliz

Elena se calzó aquellos viejos mocasines que había heredado de su padre. El despertador azul y redondo de inexorable timbre no había sonado y era evidente que no llegaría a tiempo al trabajo. Lavó sus dientes con la gastada yema de su dedo índice derecho, preguntándose una vez más por qué no usaba el izquierdo para la parte derecha de su boca. Carajo… con lo que cuesta hacerlo con el dedo hacia atrás –pensó. Intentó organizar su enmarañado pelo, que luego de tan calurosa noche parecía haber sufrido los estragos de un remolino de viento. Aún la blusa de pequeñas florecitas la llevaba sin abotonar, pero esto era algo que siempre podría hacer por el camino. Corrió los escasos cinco pasos que le separaban del baño a la cocina. En la cafetera encontró un sorbo de café que apuró con avidez mientras saboreaba en su mente un  trozo de gaceñiga con café con leche… qué lujo, dijo en voz alta. La llave… ¿y la llave del candado dónde la había dejado? Elena estaba obsesionada con esconder cada noche la llave en un sitio distinto. Temía que alguien entrara en su cuarto de aquel semidestruido edificio de la Habana Vieja, pero no caía en cuenta de que el candado lo colocaba por dentro. ¿Quién va entrar desde fuera si tú lo pones por dentro Elena?, le decía a cada rato su vecina, cuando a través de la ventana del baño y sentadas ambas en sus respectivos inodoros, intercambiaban pareceres, preocupaciones, aceite por azúcar e ilusiones. El mayor anhelo de la vecina era poder conocer a su nieto que había nacido hacía sólo dos meses. Su hija había marchado para Ecuador y ahora intentaba llegar a Miami… No te preocupes mami –le dijo por teléfono- esto es como una caravana… vamos de sitio en sitio, dormimos en albergues improvisados y de paso conocemos muchos lugares… como yo estoy preñada tengo más posibilidades y cuando para será más rápido todo. Por su parte, los anhelos de Elena eran más simples. Una tarde de cine, una paletica de helado, cerrar con calma los botones de su blusa, encontrar las llaves del candado cada mañana, un cepillo de dientes, en fin, anhelos cotidianos.
Elena hacía dieta. Tomaba poca azúcar y pocas grasas (a esto contribuía la cuota mensual). Nunca se comía el migajón del pan, incluso a veces lo usaba para hacer figuritas que dejaba endurecer en el plato rojo que quedaba de la vajilla de su abuela. ¡Vaya! -se dijo- menos mal que pensé en mi dieta. Es que a veces Elena escondía la llave del candado dentro del pan, como no comía la masa…
Pellizcó sus mejillas como tantas veces había visto hacer en las películas, mordisqueó sus labios intentando enrojecerlos… Una sensación rara le subió por el estómago. Dejó que su mano se deslizara por el cuello, enredándosele con la melena desordenada que cubría sus hombros. Elena estaba viva. Su blusa desabrochada, la masa del pan, sus labios mordidos, el candado por abrir… pensó en su último amante, en aquel hombre ligeramente menor que ella, delgado, de pelo corto y orejas grandes, de brazos fuertes. Miró a su alrededor y buscó algún rastro de la pasada noche de domingo, cuando al regresar de un largo paseo se tropezó en la esquina de su casa con él. Ella iba metida en lo suyo, meditando dónde esconder esa noche la llave del candado. De pronto, al girar en la esquina se lo encontró cara a cara y llave en mano. El hombre más joven la miró de arriba abajo. ¿Vives por aquí? –le preguntó fijando la mirada en la llave que Elena sostenía con fuerza. ¿Me das un vasito de agua? Bueno, si no te importa subir cinco pisos por la escalera. Él la siguió mientras ella aceleraba el paso. Que no se notara que iban juntos… ¿juntos? Rara sensación para Elena. La noche del domingo tuvo un final húmedo. El hombre salió de la cama de Elena, empujó la puerta del cuarto y se fue.
Elena volvió a mirar a su alrededor. No había ninguna evidencia de la noche del domingo. El tiempo se le echaba encima. Tenía que bajar los cinco pisos, caminar hasta la calle Egido para poder coger la guagua hasta su trabajo. Quiso comprobar la hora, fue en vano. Su reloj despertador estaba muerto y su vecina aún no había abierto las ventanas.

¡Ay madre mía!, ¿por qué siempre me pasa esto? -dijo casi en un ahogado grito. Tenía la llave en una mano, una bolsa plástica en la otra con algunas monedas, un bolígrafo, la libreta de la comida (por si acaso) y un abanico de cartón que le habían dado en la última concentración revolucionaria. Pensó en la hija de su vecina recién parida atravesando medio continente por un sueño. Pensó en tener que subir al P8 repleto de gente. Pensó en la masa de pan entre sus dedos, en el hombre ligeramente más joven entre sus piernas. Pensó en que era por la mañana y no tendría que esconder la llave del candado. Entreabrió la puerta y puso el cojín que le habían regalado por su cumpleaños en la silla de madera que aún tenía sus patas intactas. La acercó a la ventana desde donde podía mirar la calle. Se sentó mientras apoyaba su brazo izquierdo en el borde de la ventana. Miró. Miró una y otra vez a la calle. Eran las 6:30 de la mañana y ya se veían algunos que iban de un lado a otro. Incluso pensó que ella tendría que ser alguno de ellos camino a su trabajo. Su blusa aún estaba desabotonada. Se descalzó los mocasines. Miró hacia la puerta entreabierta. No había nadie. Nadie entraría. Nadie se la encontraría al doblar en la esquina de su casa. Fue entonces que se dio cuenta que no llevaba puesta la falda que había planchado con tanto esmero. Se sintió desnuda. Acarició sus muslos y se masturbó.

Elena volvió a mirar a la calle. Ya el sol comenzaba a asomar detrás de los edificios. Se levantó. Cerró la puerta. Colocó el candado. Devolvió la llave al migajón de pan. Se metió en la cama. Mordisqueó nuevamente sus labios para estar bonita y cerró los ojos. Escuchó cómo chirriaba la ventana de su vecina al abrirla pero no hizo caso. Elena es feliz.

El hombre de un único desamor o La arquitectura admirada


Históricamente existe la idea de que un mecenas (cuando de una persona se trata, y no una institución) es alguien que ha acumulado ya cierta experiencia, y que obviamente cuenta con un respaldo monetario que le permite ejercer dicho mecenazgo. También es habitual  considerar que el mecenas cuente con una edad aparejada con su experiencia, mientras que el agraciado(a) que recibe el apoyo y financiación es un relevante y destacado(a) joven profesional sin recursos económicos del arte o las letras. Como el tema que nos ocupa es la relación entre Eusebi Güell y Antoni Gaudí, dejaremos la aburrida aclaración de (a).
Empresario y arquitecto, con tan solo 6 años de diferencia de edad, establecen su relación de mecenazgo que comienza en 1878, año que Güell visita la Exposición Universal de París y descubre la obra de Gaudí, plasmada en una vitrina que servía de expositor para el producto de una firma catalana. Eusebi Güell, acaudalado empresario e inquieto inversor de 32 años, queda prendado de la obra del joven arquitecto de 26.
A pesar de su prolífero matrimonio con la hija mayor de los Comillas, María Luisa, con la que tuvo 10 hijos, cabe resaltar su intensa y compleja relación con el arquitecto, joven embebido por su creación y devoción religiosa, y que de manera contraria al empresario, no tuvo descendencia y del que se desconocen sus posibles relaciones íntimas, ni están referenciadas por ningún articulista ni biógrafo de la época. Gaudí fue rechazado por la única mujer por la que se sintió atraído (según referencias oficiales de la época) y constituye toda una contradicción por su utópica juventud de gustos de gourmet, aspecto de “dandi” y refinados gustos por la ópera y el teatro, y su adultez marcada por sentimientos religiosos y dedicado única y públicamente a su trabajo como arquitecto. La ausencia de escritos personales crea un cerco más estrecho a la hora de conocer al Gaudí hombre, pues sólo se cuentan con algunas cartas y textos técnicos descriptivos, y un diario de estudiante (1873-1878).
Se me antoja como algo curioso que en las referencias bibliográficas sobre ambos personajes quede implícita una mayor importancia y repercusión de Gaudí en la vida de Güell, que de Eusebi en la vida de Antoni. A pesar de que la carrera del arquitecto se ve favorecida e impulsada al éxito con el mecenazgo del empresario, siempre se respira la fascinación de Güell por el arquitecto, resaltada desde diferentes puntos de vista, mientras que de manera contraria la relación se ofrece de forma más reposada y natural, como si de algo casual se tratase.
Hablar en la actualidad de una posible relación homosexual entre Güell y Gaudí haría que la crítica y opinión general se nos echara encima, pero es necesario tener en cuenta que hablamos de finales del siglo XVIII en una sociedad constructivistamente conservadora. Derrumbar los valores modernistas catalanes representados por ambos hombres, dando cabida a una posible relación homosexual entre ellos (que no necesariamente ha de estar marcada por lo carnal) sería el verdadero escándalo, que en ningún caso lo constituiría el hecho de que se sintiesen atraídos por algo más que el genio del artista y las posibilidades del mecenas.
Como suele ocurrir, el silencio deja espacio a la imaginación en un binomio de perfección nada criticable, pero que en mi caso, me niego una vez más a que se reconozca la genialidad del creador y no exista un espacio en su maravillosa arquitectura para algo más de un desamor.


Barcelona, 15 de mayo de 2015

Prisas VS Calma

En los tiempos que corren, con tanta prisa por hacerlo todo, incluso vivir, nos cuesta aceptar que el aprendizaje que supuestamente tuvimos nada tiene que ver con la VIDA. No puede ser que la vida en su origen (fuese el que fuese) estuviese concebida como la experimentamos hoy día, una incesante carrera por llegar, por conseguir, por tener, por gastar, por sentir, por amar.
Dormimos con prisas para tener que levantarnos y salir con prisas a trabajar, a pasear, a comprar. No hacemos esto o lo otro porque estamos cansados de tanto correr, y de tanto pensar que debemos correr más, o porque se ha hecho tarde y hay que madrugar. La prisa obliga. La prisa nos mata, y no lentamente. Nos mata también con prisas. Es evidente que este exceso de ganas por llegar lleva implícita una gran dosis de inconformidad, de recelos, de ansias, y aún más, de falsa responsabilidad. La peor aliada de la prisa.
Todo ha de ser perfecto. Tenemos que llegar a tiempo, los primeros. Tenemos que cumplir con todo y en el tiempo preciso, como si el dentro de un rato, o luego, o después, o mañana, no existiese. La vida se nos ha enfermado, padece de prisas, incluso extirpa palabras como calma, sosiego, paz, serenidad, descanso, quietud… y qué decir de la palabra tregua, que hasta cuesta trabajo oír que alguien la pronuncie. Supongo que algunos piensan que es castellano antiguo. Y eso, una tregua, es lo que necesitamos cada uno de nosotros, detenernos, detenernos… y ver desde la distancia cómo transcurre la vida para el resto de la gente, pero eso sí, sin asombro, porque estaremos viéndonos en un mismo espejo.
En realidad me gustaría ser una excepción en todo esto de las prisas y las treguas. Me gustaría ser de los que dejan para mañana –responsablemente- lo que podríamos hacer hoy. Dejarlo para otro momento porque siempre habrá tiempo para ejecutarlo, y porque quizás con un poco de calma lo haríamos mejor.
Echar la culpa a la sociedad no está nada mal, pero ¿quién hace, da forma y constituye la sociedad? Sin darnos cuenta nos hemos convertido en el virus socialmente inútil que inocula prisas a la vida, en la mano que oculta las piedras donde poder sentarnos de vez en vez, en el ausente susurro del silencio…
A veces pasas tan rápido que no alcanzo a percibir tu olor. Me has mirado con tal prisa que no sé de qué color son tus ojos. A veces llegas tan rápido que te pierdes la mitad del camino.


Barcelona, 18 de abril de 2016

Manuela con prisas

Manuela salía cada día de su trabajo con prisas. Recorría las pocas calles hasta el edificio donde había crecido en compañía de sus padres, y donde ahora vivía con su marido. El reloj siempre marcaba las 6:15 de la tarde cuando se abría la puerta por segunda vez y Ramón aparecía con su entrecejo fruncido y en absoluto silencio.
Manuela seguía sus pasos. Manuela callaba. Manuela preparaba la cena, corría las persianas, se escondía de las posibles miradas de los vecinos. Manuela estaba a la espera. Manuela perfumaba una y otra vez su cuerpo mientras Ramón encendía la televisión. Manuela repasaba sus brazos, sus muslos, en busca de los últimos moratones. Se quedaba inmóvil esperando que Ramón pidiese, que ordenase, que desease.
Manuela cumplía años. ¿Tomamos algo esta tarde? -le había dicho Ester, su compañera de oficina. Tengo prisa, Ramón me lleva hoy al cine –contestó. Sus pasos fueron rápidos, como siempre. Llegó al séptimo piso donde vivía. Se duchó, perfumó una vez más su cuerpo, se vistió y se fue. A las 6:15 de la tarde se abrió por segunda vez la puerta y Ramón entró. Nadie respondió a su silencio.

Una entrada por favor, para la sala 2. Gracias. Manuela se sentó cerca de la pantalla, estaba sola como cada tarde. Manuela no regresó.

miércoles, septiembre 10, 2014

¿Y ahora qué?

Un día de hace casi 40 años, yendo de camino a casa en Cojímar, justo entre las casas de "Alicia la del comité" y de "Mariíta la de comité" (eran madre e hija), se me ocurrió la idea de escoger, y escogí. Se trataba de mi vida y de las cosas y la gente que le rodeaban, y escogí. Me decidí por mí. Esto significa que a partir de ese momento yo sería mi primer propósito en la vida, ¿y después? lo que viniese.
Atrás quedó el querer descubrir la cura del cáncer, junto a otras ideas más o menos locas, y un montón de enamoramientos de preadolescente. Comencé entonces a facturar cada razón, cada causa, cada anhelo, cada sexo, cada caricia, cada ilusión...

Todo esto hizo que me convirtiese en alguien agradablemente insoportable que ha ido acumulando amigos y amigas a lo largo y ancho de su vida. La mayoría de estas amistades continúan estando al alcance de mi recuerdo, aunque en muchos casos no puedo estirar la mano y tocarlas.
¡Me he enamorado de tanta gente! Y digo esto con cierta nostalgia porque muchos no lo supieron... Una lista oficial sería muy extensa y variada: Jorge O., Ileana, Leo, Rey, Ana María, otra Ileana, quizás Loly, quizás María Elena M., José Luis Z., Manuel, seguro Rafael, Estela, y puede que Marlene, en fin... Un mundo de caricias distintas, de besos deseados, de preferencias aleatorias, de dudas pasajeras. Todo fue salvable, o casi todo, gracias a que ya me había decidido por mí.
¿La vida? ¿Mi vida? Quizás satisfactoria. Volcada en huellas, como una roca de mar en la Gran Muralla China, que seguro alguien adivinó por tan extraño lugar para yacer. Y quizás en muchas otras cosas.
Cuando se me ocurrió escribir una novela (que por suerte pude acabar), la visión generalizada de mis deseos se convirtió en una sencilla red de personajes entre los que compartí mi vida. Les regalé momentos, los mejores, los de ansiedad, los de miedos. caminé con precaución entre sus cuerpos y puse en cada uno mis palabras y mi memoria.
He sobrevivido también a un montón de desamores y a un montón de gente que llegaron a mí para quedar por siempre. Conocí el amor dividido en décadas, e incluso lo he multiplicado. A los 25 años amaba y era feliz, a los 50 amaba y era feliz. Hoy amo y me aferro a la felicidad.
Quizás yo haya muerto ya un poco, y de ahí esta sensación de cansancio que hace me aferre, y que albergo en algunos de mis pasos.
El caso es que ahora, a tantos años de haberme escogido, no sé qué hacer conmigo. La cosa es así de simple.

Barcelona, 9 de septiembre de 2014

viernes, abril 11, 2014

¿Dónde encontrar el underground neoyorquino?

Nada como estar en plena crisis, discreta pero igualmente molesta, de cervicales como para ir a nuestra barbería habitual y apoderarnos del sillón de lavado de cabeza, recostar la nuca en la ahuecada y fría porcelana y abandonarnos al relax que proporciona tamaña rigidez. Es entonces cuando echas mano a una de esas revistas para hombres que suelen estar a la entrada -en este caso le pedí a Pedro, el peluquero, que me la acercase- y repasas la actualidad llena de protuberantes escotes y artículos de cómo vestir o cuidarse la piel. Me sorprendió encontrar un reportaje del fotógrafo Chistopher Makos, uno de aquellos que entraron al mundo underground de Nueva York de la mano de Andy Warhol y que aún hacen su trabajo de manera impecable y actual.

Además de promocionar la reedición ampliada de su libro de 1977 White Trash, nos da su fantástica opinión sobre una época y sus componentes humanos que resume en una pregunta muy simple: "¿Qué tienen en común John Waters, Debbie Harry, Patti Smith, un chapero sin identificar y Man Ray?", y su escueta respuesta, "Todos ellos son basura blanca".

Pero lo que en realidad me llamó la atención es su opinión de dónde encontrar en la actualidad neoyorquina el underground tan característico de los años 70...

"Creo que el único lugar underground  que conozco ahora mismo es la tienda de comida orgánica a la que voy. Ves gente muy rara y es algo contracultural: pan cuyos ingredientes no están modificados genéticamente, verduras exóticas... Ahí compro quinoa, coles rizadas y, sobre todo, pomelos. Estoy como loco con los pomelos".

Me gustaría encontrar a según quien entre coles y pomelos, pero quizás prefiero recordarlos entre alcohol, drogas y arte(1). También ve el mundo underground en internet (redes sociales) del que considera que "para mucha gente esa es la única realidad". Como este es un tema muy abordado ya, me lo salto de lleno.

Makos ha retratado al Nueva York y sus más fieles exponentes desde los fructíferos años 70. Ha colocado ante su objetivo rostros tan potentes como los de Grace Johnes y Divine, haciendo una incursión en la movida madrileña de los 80 para enseñar a otra parte del mundo lo que ocurría en España en aquellos días.

Divine, fotografiada por Makos.

Decididamente Christopher Makos retrató al Nueva York "más sucio y cool. Ahora, a partir de su propias palabras "Cada vez hay menos criaturas demenciales en Nueva York, el dinero lo invade todo", se sumerge en la creación para aniversarios de firmas cosméticas millonarias y en proyectos para el gigante asiático chino. El 2009 fue el último año que visitó España con motivo de una muestra en La Casa Encendida, Mistaken Identity, en Madrid. Ahora ve distante su regreso a causa de la crisis, apunta.

Por muy interesante que me pareciese el reportaje, no lo comentaré en su totalidad. A los interesados les remito al # 73 abril 2014 de la revista Esquire (p.174). Sólo una observación más que me dejó en "éxtasis". Al final de la entrevista se interesa por la actualidad de Pedro J., si, ese mismo, el de Agatha. ¡A veces hay cosas incomprensibles!

(1) Aclaro que no estoy a favor del consumo de drogas involuntario. El voluntario me da igual, para eso somos libres de decidir.

martes, agosto 06, 2013

Pechos devorados, adiós



Me acerco a la tibia arena, escasa, rota.
Me tumbo a horcajadas sobre las olas.
Me desespero en la brisa de las algas, y te pienso.
Te pienso en rostros de antaño.
Cabezas de pelos rubios. Cabezas de pelos cortos. Bocas abiertas, sedientas. Manos entrelazadas. Risas.
Te dibujo con tus pechos devorados. Te veo como salido del río, como nacida de las hierbas, y me detengo, justo en el medio de mi vida, cuando balancearme a la sombra de los mangos rodeado de ti, era el final de la tarde.
Me acerco al ruido de tus noches, a tus quejidos, a tus dudas, a tus abrazos, a las noches a la única luz de la luna, al vuelo de los cocuyos, a la lejana carcajada del adiós.

sábado, mayo 11, 2013

Havana York


Cae la noche en Havana York. Una tarde de fuerte lluvia la ha precedido y las calles han quedado desiertas. En los bajoportales algunos cuerpos remolonean envueltos en abrazos, y yo, desorientado, no sé qué camino tomar. Giro sobre mis pasos y el mar me invita. Recorro las aceras y se me ofrecen lujuriosos brazos. Alzo la vista y a pesar de estar los balcones vacíos me siento observado. Camino lentamente, casi arrastro mi cuerpo sobre el el asfalto húmedo. Descubro una lágrima negra que corre hasta mis pies. Me dejo caer y me esparzo entre nudos de periódicos viejos, bebo de la lágrima su risa inconfundible. Comienzo a volar.

Fotografía de Gianni Valenti (calle Galiano, La Habana 2013)





sábado, septiembre 01, 2012

El hombre del minishort blanco

(Al hombre bajito, de minishort blanco, camiseta roja ceñida, piernas curvadas y velludos brazos)

Seguro que algún otro, sentado en el mismo lugar que yo, te ha visto hacer este recorrido año tras año, tardes y mañanas, acompañado por el último amante, o por el primero, o por la amiga caprichosa que no para de contar sus historias, cuando tus piernas no eran curvas y tu short albergaba unas duras nalgas coronadas por un voluptuoso tupé. Yo te miro y te veo casi como un héroe que sobrevivió a los 80, y que se ha saltado en buena lid la década de 1990 con sus muertes y olvidos, y piensas que soy una nueva conquista, y te equivocas. Te miro desde mi presente, desde mis recuerdos, en ese camino que también empiezo a transitar, aunque por ahora me mantengo en el grupo de los que observan. Pero hay alguien en la penúltima mesa que te dedica una mirada algo sarcástica y burlona, porque tú, mi héroe, llevas aún tu minishort blanco y tu ceñida camiseta.

Volteas la vista porque te sientes observado, y saltas mis ojos de cabello canoso, y buscas el insólito peinado del chico de la penúltima mesa, el que te daría la juventud que se te ha escapado. Le miras y no descubres su adiós anticipado, su no estoy, su voltear de cabeza. Insistes en su pecho abierto, en sus fuertes brazos depilados, y en su risa que ha quedado suspendida y se convierte en mueca de burla. Tú le miras porque le necesitas. Yo te observo porque sigo tu camino.

Puede que al pasar unos años el de la penúltima mesa haga tu recorrido por este pueblo que atrapa las ilusiones y la libertad, y entonces ya sus piernas no serán tan rectas y puede que su pecho empiece a cerrarse de ganas. Creo que tú no estarás para verle, lo siento, y quizás yo aún pase alguna tarde sentado en esta especie de trono del Roy que llegan a ser sus poco cómodas sillas. Te prometo recordarle a pesar de que no he visto su rostro. Podrá ser cualquier otro, uno de los miles que se repiten clónicamente en su irreverente juventud. Acomodaré mis gafas una vez más y descubriré sus piernas curvas, sus brazos velludos, sus nalgas flácidas embutidas en un multicolor minishort y su pelo rapado por la ausencia. Entonces alguien reparará en él como en algo pasado de época, él pensará que es una nueva conquista e insistirá en encontrar su mirada.

Una discreta carcajada cortará mi respiración y echaré a andar calle arriba, arrastrando mis piernas y mi vida, y tu recuerdo. Uno tras otro, vamos cayendo.

Sitges, 30 de agosto 2012

viernes, julio 27, 2012

Vértigo

A veces es como vivir en estado de vértigo, como estar siempre caminando por la cuerda floja a punto de caer. Atrás queda el recuerdo del infatigable carrusel de la infancia, o de la endemoniada silla voladora en el parque de la iglesia, donde los bancos de mármol desaparaecieron entre los gritos infantiles y los conos de algodón.
El tiempo lento. El tiempo efímero.El tiempo perdido. Olvido. Me duermo hasta justo el amanecer, cuando los ruidos de mi memoria me hacen saltar sobre mi cuerpo. Soberbia. Planeo un día sin agotamiento. Dibujo una amplia sonrisa que me abrirá alguna puerta que se resiste. Me asomo a la calle y ahí está, extendida en línea recta, tensa, estricta . Es tiempo de mantener el equilibrio. Remango mis pantalones y mis pies se deslizan por la cuerda. Al otro lado de la calle una mano se agita en un confuso saludo de adiós, y salta al vacío. No teme, o al menos eso me dicen sus ojos que corren unos palmos más arriba que sus pies por la cuerda que se cruza con otros cientos de ellas. Es una red transitable e inequívocamente viva. 

Hay que estar listos. Dentro de breves momentos cada cuerda soportará el peso de reuniones, sueños, dudas, miedos. Hay que estar listos, lo sé. Hay que tener las manos listas, lo sé. Extiendo mi mano, está al alcance de la tuya. Si caigo, sostenme. Yo estaré al tanto de ti.

sábado, junio 16, 2012

Dejo de soñar

Y si me muero de amor y de silencios,
y si me desmorono al levantar mis ojos y no encontrarte?

Corro hacia la ventana desesperadamente.
Rompo los cristales con cuidado, para no herirme.
Precipito mi cuerpo al vacío. Sé que sueño.
Me siento golpear con fuerza cada trozo de pared que encuentro a mi paso.
Mis ojos se entreabren para ver pasar las cosas, te veo.
Te encuentro al margen de mi vida. Me detengo.

Dejo de soñar y comienzo a caminar a tu lado.
Igual puedo precipitarme otro día, y morir de amor y de silencios.

Al final, la tarde... el aire

Al final de la tarde -aquella, por supuesto-
pensé que aún quedaban espacios
        reservados
para las libertades,
para lo casual,
aunque las causas sean lo que de una manera
         u otra
llevan nuestros pasos por diversos caminos.

Y entonces comenzaron a venir a mi mente
          imágenes
ideales
para la vida
que no
por perfecta
ha de ser... inalcanzable.

Primera imagen: el mar que existe bajo tu frente.
Segunda imagen: el arcoiris que resbala por tu vientre hasta tocar los orgasmos.
Tercera imagen: tu cuerpo ocupando el mayor espacio posible a mi lado.
Cuarta imagen: mis manos palpando tu sueño.
Imagen repetida: el no desear envejecer fuera de tu alcance.
Imagen SOS: la prontitud, el cansancio.
Imagen esperanza: el amor que, aunque a veces escondido, siempre espera.
Imagen fija: tu sonrisa que reposa sobre tus labios, e inevitablemente, tus ojos.

(Bcn, 28 de julio de 2000)

Comentario: Me sorprende lo que llegamos a escribir y que a primera vista se explica por sí solo haciendo evidente que fue escrito para alguna persona en especial, y puede que haya sido así, pero el tiempo hace que ese alguien se esfume y sólo queden las palabras, las palabras y la intención. La intención y los deseos de tener el amor entre las manos. Entonces, ante esta indiscutible discrepancia, tienes un poema metido entre papeles semiolvidados en una bolsa -porque no te quedan cajones disponibles- y decides un día, sin tan siquiera recordar su destinatario(a), sacarlos a tomar el aire.

martes, febrero 21, 2012

Queja del amor

A veces el amor se esconde porque tiene miedo de que el sol haga que se vean sus defectos, 
     pero el amor los tiene, y la gente, y los amantes, y las cosas, y el tiempo y las coincidencias.

A veces el amor se esconde porque le sacamos de paseo a destiempo, y porque sonreímos a   
    carcajadas y se asusta.

A veces el amor se esconde porque tememos al futuro, porque los pasos son inciertos, porque 
    los abismos están a la espera.

A veces el amor sale a correr desesperado, y se extravía, se ausenta, se desmaya...

A veces el amor se esconde porque le pedimos demasiado a sus pasos, tanto que le dejamos 
   quieto, paralizado, exhausto, 

   y es entonces cuando el amor se queja.



                                                    (al amor ajeno de dos amigas)

sábado, abril 02, 2011

Entre tantos...



No me detengo. Insisto. Tropiezo. Avanzo. Me descubro. Me sugiero. Regreso. Desaparezco. Camino. Vuelvo. Aparto. Me veo. Existo. Miro. Me sorprendo. Te sigo.

sábado, marzo 26, 2011

Excuseme, but my name no es Rudy O'donell (carta a un amigo)


Hace tiempo que esta historia ocurrió, en la época en que amanecer boca abajo, tendido en una playa desierta, era tan apacible como común. Mi brazo derecho aún no había abandonado mi cuerpo en busca de lo desconocido de tu piel y mi corazón latía de aquella única manera de que era capaz, a intervalos inquietantes según decían todos.

Me había levantado esa mañana con unos deseos enormes de codicia. Quería tu cuerpo, tus deseos, tus sueños, tu mirada. Ansiaba todo lo que manase desesperadamente de tu vida, todo lo que surgiese de manera tan provocadora como tu sonrisa. La vida era una especie de sortilegio en el que uno de los dos saldría ganador. Eso era inevitable, aunque no pretendieras dañar mi cuerpo ni mi centro acústico del amor, convertido en canciones sin prisas. Sería imposible, tus manos se abalanzarían sobre mí en cualquier momento para callar mi voz del otro lado de la calle, o mis descarados atisbos de tu intimidad. Yo esperaba.

En aquella época el estar a tu lado era como disfrutar de las antiguas caricias de un cansado amor de fin de semana. Las abiertas palabras convertidas en injurias de deseos eran oídas por los aburridos y estupefactos muros de nuestras casas, mientras yo esperaba el amanecer, y con él, el sol de tus ojos. Todo esto ocurría en una época en que adivinar lo que vendría me hacía apurar el paso, a pesar de saber que el espacio estaba cerrado de alguna manera a tu alrededor, y que yo tendría que conquistarte si quería romper la matemática línea de la paralelidad y convertirla, y detenerla, en el punto de convergencia en que, absorto, el hombre contempla su camino. 

Me detuve y pude ver cómo se alejaba la imagen de un campo de maíz para dar paso a un inerte espacio de calma. Quedé conforme porque descubrí que existían cosas que no desaparecerían. Me pregunté qué pasaba conmigo, con mi despavorida visión de la realidad, y supe que no te marcharías nunca de mi vida, que yo lo intentaría todo -desde el silencio de los gritos- para coincidir de vez en vez con tus pasos.

Ahora el tiempo tiene huellas, y yo adivino en las calles transitadas tus pasos, hasta he descubierto alguna vez que necesitaré algún día mandarte a la mierda porque sé que te enviaría a la mierda más entrañable entre las mierdas. Ya ves, esto que tendría que ser un cuento tiene forma de hombres sin afeitar que caminan por aceras prohibidas. Ya sabes que te quiero. De aquella tan rara manera que se quieren a los escogidos para construir nuestra propia historia, para que en un capítulo de la vida-cuento que nos toca a cada uno se pueda escribir "... apareció un mediodía casi colgado de una de sus piernas en un balcón en un viejo barrio de una vieja ciudad, su abierto pecho de risueños pezones infantiles dijeron hola, y yo dibujé una sonrisa de inaudito asombro en mi rostro".

Ahora puede que te preguntes que de qué va esto que escribo. Simple. De amistad, de amor, de saciable alegría, de ganas de decirlo incluso cuando lo sepas. De escribirlo para que quede, aunque sea en un abandonado cajón de escritorio, al menos confundido entre tus recuerdos. Y quiero tu silencio. No necesito respuestas ni certezas. Me basta con haberte hecho entrar en mi vida, y en que de alguna manera estés en ella. No he utilizado cerrojos para esta amistad, aunque tampoco dejé espacios exageradamente vacíos, y parece que esta táctica que no tiene por qué ser estrategia, va dando resultados.

Sería fantástico que con el paso de los años pudieses decir "...tengo un amigo que nació en La Habana".


(En Barcelona, a 21 de agosto de 2002, puede que cuando ya hacen diez años que nos conocemos, y ligeramente emocionado.)

viernes, marzo 25, 2011

La Isla de los Pelícanos




(Indudablemente hay pelícanos que a veces sustituyen a los ángeles)


Cuenta la leyenda que en esta isla, la Isla de los Pelícanos, hace mucho, mucho tiempo, en la época de piratas y corsarios...

Transcurría el año 1910 y el famoso arqueólogo Roger Dubois, en una visita a la Isla de los Pelícanos, en las cercanías costeras del Pacífico y próxima a la población indígena de Mazatlán, localizó un posible cementerio, pues al atardecer pudo apreciar el característico fuego fatuo que se eleva sobre las tumbas.

Al practicar algunas excavaciones, y cuando la monotonía comenzaba a hacerles desistir, dos de su auxiliares golpearon - a la vez - una superficie dura. Esta casualidad no cobró mayor importancia hasta un buen rato después, en el cual quedaron sorprendidos de que ambos habían dado con un mismo ataúd.

Cuenta  la leyenda que en esta isla desembarcaba sus riquezas el Almirante Fernando Arbizu de Mosquera, que luego de abandonar a su esposa en la noche de bodas y de dar muerte a los dos hermanos de ella que intentaron impedir su huida, no tuvo otra opción que convertirse en el terrible y ansiado Corsario de Arbizu.

Durante unas de  sus de miles batallas hizo prisionero a un notable pirata de aquel entonces, el capitán Germán Palenzuela, a quien sus hazañas de conquistador que nunca privaba de la vida a sus prisioneros, le habían hecho más que conocido. Su renombrada reputación de hombre solitario y romántico, había provocado ciertos rumores entre sus hombres, pero su valentía y arrojo los había disipado, siendo para todos el Pirata Consolación.

En aquella batalla, e insisto que es muy reconocida en todo el Pacífico, en que el Corsario de Arbizu hizo prisionero al Pirata Consolación, a causa del fuego cruzado entre los barcos, las respectivas tripulaciones quedaron reducidas a cinco marineros. Luego de hundido el velero Marina, se dirigieron todos a la Isla de los Pelícanos, que en esa época era conocida como la Isla del Diamante.

Una vez allí y después de curar sus heridas, los dos aventurados piratas comenzaron a contarse sus proezas, dichas y desdichas, hasta quedar presos de sus soledades. Transcurría un atardecer en el que la brisa traía los cánticos de los indios que en la costa invocaban al Dios de la lluvia.

El Corsario de Arbizu se contemplaba en los cálidos ojos del Pirata Consolación, que húmedos por la  fiebre se confundían con dos pozos de agua  termales. Arbizu intentó sumergirse en ellos y el fuego del cuerpo de Consolación le quemó el pecho. El abrazo fue inevitable, y en el justo momento en que sus torsos repletos de batallas y cicatrices se fundían, el leal oficial de a bordo del Almirante Fernando se abalanzó sobre Consolación para evitar que este -a su parecer- agrediese a su respetado capitán. Un grito sordo flotó en el quieto aire sobre los sangrantes cuerpos, y un apasionado asombro quedó para siempre en el rostro de Arbizu. 

En la arena, entre guijarros y algas, consternado, el leal oficial de abordo lamentaba su error. Mientras, el Almirante Fernando Arbizu de Mosquera, ordenaba construir un gran ataúd para su querido adversario.

Al desenterrar el ya deshecho cajón, los arqueólogos quedaron atónitos ante tal  amalgama ósea, y maravillados al reconocer sendos blasones de oro que rodeaban a cada una de las estructuras torácicas. Era indudable. Estaban ante la tumba de los capitanes de Arbizu y Consolación.

Cuenta la leyenda que aquella tarde Arbizu, luego de comprobar la solidez del ataúd, se hizo enterrar vivo junto a su amado corsario. Era tan grande el estupor de los marinos ante lo que ocurría, que el silencio cayó sobre ellos, y toda la isla quedó cubierta por cientos de pelícanos.

El último grito de dolor del Almirante Fernando Arbizu de Mosquera hizo que los pelícanos  desalaran el agua de mar en sus bolsas y al sobrevolar la costa, la dejasen caer en forma de lluvia. Los indios agradecieron a su Dios por aliviarles de la sequía, sin saber que la lluvia que haría crecer sus cultivos era simplemente el llanto de corsarios y piratas.

Cuenta la leyenda, cuenta, que esto ocurrió, simplemente y hace muchos años, en la Isla de los Pelícanos.

(Libro de viaje de William Towers, 1999) 

martes, marzo 08, 2011

De dónde vienes

De dónde vienes mujer, de los caminos.


De dónde vienes gaviota, del aire.

De dónde vienes canción, de las gargantas.

De dónde vienes ensueño, de la oscuridad.

De dónde vienes palabra, de los gritos.

De dónde vienes silencio, de la muerte.

De dónde vienes placer, de la vida.

Y yo, ¿hacia dónde voy?

(... a las alas de cada mujer)

domingo, febrero 20, 2011

Tu mirada

Me adelanto, siempre al margen de tus abrazos, con la rapidez de las gacelas,
con temor a que desaparezcas.
Me adelanto porque no conozco la razón exacta de las imágenes que se reparten desordenadas en mi camino.
Me adelanto sin pronunciar palabras, aquieto mis dudas, remuevo la paz.
Echo a correr de espaldas porque quiero tropezar con tu mirada.

sábado, febrero 12, 2011

Al doblar la esquina

Me han dicho que justo al doblar la esquina te encontraré. Quedé pensativo durante un buen rato, pues no voy en busca de nada. Simplemente transito, conduzco, vuelo, atravieso “el breve espacio” en que se supone que existimos. De regreso a mis desvelos, cuando sólo faltaban algunos pasos para comenzar a morir de pereza, recordé que en cualquier esquina puede uno encontrar la felicidad y di la vuelta. Insistí en recordar la esquina que me reservaba tan prometido encuentro y caí  en cuenta de que era simplemente: al doblar la esquina. Corrí, volé y a grandes saltos comencé a recorrer la ciudad dibujada en lineales calles repletas de gentes  perdidas.
Sin más, aparecieron por un lado las calles Galiano, Prado, Obispo, 23, Neptuno, que surgían inesperadamente, en continuo desorden, al igual que a mi derecha, por la que desfilaban  Dragones, Oficios, Malecón, L, Compostela, Reina, Campanario… No podía orientar mis pasos, no sabía qué camino exacto tomar. Cuando casi llegaba al mar, en una zona que me era desconocida, encontré la piedra que tanteas veces ha aparecido en mi vida, y me senté a descansar. Fue inevitable reconsiderar por qué las calles de siempre habían dejado de coincidir, por qué se alejaban unas de otras dejándonos como regalo la abrupta realidad de los hombres extraviados.
Me adormecí con los ruidos marinos de aquel anónimo mar, y entre cánticos de caracolas muertas escuché la dulce voz de mi bisabuela Amparo: “Llévame hasta Prado y Malecón, anda mi`jo, que allí aguarda por nosotros la libertad, pero esta vez hazme caminar de prisa que a pesar de mis años quiero volver a ver -desde la muerte- cómo vuelven a coincidir las esquinas en nuestra ciudad.

(A mis amigos de siempre, con el deseo de fundirnos en un gran abrazo en cualquiera de nuestras esquinas)

Barcelona, 12 de febrero de 2011

jueves, febrero 03, 2011

Oxigenado corazón

Y allí estabas tú, con tu corte de pelo más que moderno y oxigenado, con tu piercing en algún sitio de la cara y con tus seguramente ocultos tatuajes, mirándome de aquella rara manera con la que se desvela una atracción inesperada. Con tus enormes cascos llenando de música tus ojos, con tu gran bolsa imitación de Prada y con un tintineo gracioso en tus rodillas. Yo no podía dejar de contemplarte, y entonces tú, en un acto de bondad inesperada sonreíste, y yo, adiviné tu intención de ofrecerme el asiento. Esto bastó para que mis ojos escaparan de los tuyos, para que emprendiese una loca carrera al recuerdo con mis cansadas piernas, a darme cuenta que nunca me oxigené el pelo, ni tatué mi cuerpo, ni usé cascos porque me agobiaban y que los bolsos siempre me habían gustado. De pronto, el silbido del tren avisó mi parada, y de pronto me di cuenta que era nuestra parada. Cada cual en su puerta de salida, cada cual con sus motivos. Salimos casi al unísono, pero tú comenzaste a subir las escaleras a saltos, en un alarde de juvenil desenfado. Yo esperé la corta cola que hacía el resto de los viajantes en la escalera mecánica. ¿Para qué tener prisas?, pensé mientras te veía subir y recordaba que hace ya algunos años también subía a saltos las escalinatas de la universidad. Miré cómo te alejabas sin mirar atrás, sin darte cuenta de que yo no iba a seguirte, y entonces caí en cuenta que aún soy capaz de alargar los pasos y saltar cuando vale la pena, sobre todo si es para seguir encaramado en la vida.

Barcelona, 3 de feb. De 2011

jueves, enero 06, 2011

Sin título/sin imágenes

Todos bajan al hueco de la ciudad: los sin piernas, los sin dientes, los sin manos, los sin rostro, incluso yo. Todos bajan al hueco de la ciudad y siento un dolor enorme en venas que no son de mis brazos. Venas de gentes que no conozco, de gentes que no veo, que no toco, que no existen.
Todos bajan al hueco de la ciudad y es como el recreo en el antiguo patio de la escuela.
Hay gritos de guerra, hay tolerancia, hay disciplina, hay horrores. Y sobre todo hay gentes que no existen.
Todos bajan al hueco de la ciudad, incluso yo. Todos bajan al hueco de la ciudad.
Algunos no regresan.


Lisboa, sept.-oct., 1998

martes, enero 04, 2011

Sílabas calladas

En mi adolescencia nunca llegué a pronunciar su nombre. Entre lo desconocido y lo subversivo se quedaba cada sílaba, y no quería arriesgarme al dedo que señala por una mala actriz. Así transcurrió el tiempo de miradas sugestivas, provocadores pechos e insinuantes caderas. Sus pantalones a mitad de pierna y sus camisas anudadas en la marcada redondez abdominal de su cuerpo me hacían revivir los álbumes de fotos familiares, pero yo continuaba sin pronunciar su nombre. Pero bastó aquella noche en que sonó el teléfono, y su voz –que me resultó altisonante a causa de la distancia- pronunció un nombre desconocido para mí, para que permaneciese durante cinco minutos y medio sin habla y a la espera de las prohibiciones. Contesté simplemente que era un número equivocado, que estaba comunicando con una casa de simples trabajadores revolucionarios, que debería marcar el número correctamente. Ella continuó con algunas frases que Merceditas, la profesora de inglés, no me había enseñado en los inagotables mediodías de masarreales y limonada, y que yo intentaba comprender. Todo fue en vano. Tras varios intentos supongo que ella desistió de establecer una nueva comunicación, ante lo cual me sentí absurdamente estúpido. Fue entonces que comenzó para mí  un verdadero calvario: conseguir comunicar con el número internacional marcando una vez el cero, y dejándolo retenido una segunda vez, por si acaso al dejar que el disco terminase su vuelta, alguien al otro lado del aparato me decía “… internacional, un momento por favor”. Un día tras otro, y otro más, y otro, y semanas de doce días, y meses de otoños precavidos… y nada. Yo había decidido pronunciar su nombre… ¡a buena hora carajo!
Recuerdo que una madrugada, pasado quizás un año, me desperté con un inesperado entusiasmo. Me dirigí al teléfono del salón, marqué el cero cero y le pedí amablemente a la operadora me pasase con el número que tenía anotado en el borde de una manoseada edición del  periódico Granma. Con mucho gusto, me contestó la voz internacional. Transcurridos unos segundos me alertó. El número marcado no corresponde a ningún abonado. ¿Quiere que le pase con otro número para que aproveche la oportunidad de hablar con el extranjero? Ante tal amabilidad me quedé asombrado, y sólo atiné a darle las gracias y preguntarle su nombre. Bueno, no es que yo no quiera, pero no nos permiten identificarnos con los usuarios. Insistí. Incluso le dije que si quería me mantenía en línea para que ella avisara a algún amigo suyo y que aprovechara la llamada. Me miró fijo, o al menos eso pensé yo que hacía, y me dijo: no te preocupes que ya lo tengo en línea desde hace un rato… Luego se mantuvo en silencio durante unos segundos. Su voz volvió a escucharse con el tono más distante posible. Su tiempo de espera ha terminado, le ha atendido Marilyn… Entonces yo, en un último y casi desesperado intento pronuncié su nombre: Marilyn no jodas chica, márcame de nuevo.

(Foto de archivo)

Vampiros

Con paso firme se aproximó a la entrada de aquel bar, nunca olvidaría su nombre, Sloppy Joe’s. La extensa barra repleta de hombres desnudos hacía acelerar su pulso y sin saber cómo, se encontró sentado a los pies de uno de ellos que lucía un tatuaje en el vientre.
No dejaba de observar los movimientos que hacía constantemente con su cuerpo. Una vez dominado su estupor, sonrió. Todas las miradas estaban fijas en él. Todos esperaban ver cómo su ropa caería al suelo, para después ir a parar a un viejo colgador que ocupaba el centro del salón.
Alisó su pelo delicadamente y arrancó con placer cada uno de los botones de su camisa. La caricia suave de una mano lujuriosamente desconocida hizo que la sangre se agolpara en sus pezones y que un frío penetrante le llegara al pubis. Estaba allí, ocultando su verdadero significado. Ya sus pantalones recorrían las manos deseosas de algunos jóvenes, cuando un señor se acercó de rodillas, casi arrastrándose, y comenzó a lamerle los tobillos. Un suspiro casi endemoniado salió de muy dentro de él, y el éxtasis comenzó a apoderarse de todos.
A su derecha dos hombres chupaban sus sexos de manera estrepitosa y otro poseía a un adolescente que, en su temor a lo desconocido, no había accedido a desnudarse, consiguiendo solamente que rasgaran su ropa y que le poseyeran a medio vestir. Gemidos de placer llenaban los rincones del bar, sobre la barra los hombres dejaban un aliento cargado de sexo y alcohol, y un escalofriante olor a macho se dibujaba en el humo de los cigarrillos a medio fumar.
Su excitación ya era aprovechada por dos golosos que succionaban su pene, en tanto que él se adueñaba de dos sudorosos cuerpos que se frotaban entre sí. El ligero bigote que cubría sus labios no era suficiente. Comenzó a sentir que su orgasmo estaba dispuesto a comenzar cuando su alma de vampiro le hizo derramar leche por sus desafiantes pezones, y sus colmillos  le herían de deseos. Apartó a dos que manoseaban su cuerpo y con los ojos cubiertos de lágrimas pidió al barman que apagara la luz. La penumbra que sobrevino sólo logró avivar más las ansias, y las lenguas se precipitaban de boca en boca con la mayor fruición imaginable. Todo su cuerpo era como si flotara, y en el preciso instante de eyacular se abalanzó sobre el hombre del tatuaje en el vientre y se apoderó de su cuello; un suave mordisco bastó para hacerle saber que era el elegido, y los dos, abrazados, se echaron al suelo sobre un amasijo de ropas, sudor y ganas. Entonces se amaron. Con el amanecer los cuerpos somnolientos fueron despareciendo uno tras otro.
Al despertar, el del vientre tatuado buscó alguna marca en su cuello, intentó recordar algún agudo dolor y sólo consiguió volver a eyacular, al apoderarse de su mente la sensación que lo había embargado en la noche. Ya vestido, inclinado sobre la barra y mirando por la cristalera a los transeúntes madrugadores, advirtió a un joven de cabello delicadamente alisado y bigote fino recostado a una columna del portal. En su mirada había un toque de complicidad que le resultaba familiar. Salió del bar dejando las puertas abiertas de par en par y fue directo hacia él. Le tomó del brazo derecho y le hizo girar. Los que pasaban a su alrededor en ese instante quedaron atónitos ante tal brusquedad. No podía contenerse. Le abrazó y buscó su boca con la lengua, gimió todos los deseos de la mañana, un frío intenso recorrió todo su pubis, sus pezones se endurecían cada vez más.
No pudo evitar lamer el cuello de aquel joven mientras su mano le apretaba el sexo desesperadamente y el sudor corría por su cuerpo. Esto no le dejó advertir que de sus tetillas manaba leche, la misma leche que en la noche anterior le había hecho languidecer entre orgasmos. En ese momento clavó con fuerza los colmillos en la fresca carne de su poseído, sintió cómo la sangre quemaba sus labios y cómo eyaculaba con un placer desconocido. Se sintió flotar, alzó la vista y en lo alto del portal, entre tabiques ennegrecidos por el humo de los coches, le observaba el hombre que se arrancó los botones de la camisa, el hombre que había estado sentado a sus pies, el hombre que para siempre le había regalado el placer de la leche y la sangre.
Sin más, abandonó la entrada del Sloppy Joe`s Bar y comenzó a alejarse a través de los portales de una desesperada Habana. Caminaba despacio, decidido, olvidado, dejando tras sí la consternación entre la gente que al amanecer intentaba encontrar su lugar en la ciudad. Estuvo a punto de detenerse y girar sobre sus pasos para ver por última vez el rostro perplejo y confundido de aquel, en el que una mirada sin explicación esperaba la llegada de la noche; pero no lo hizo, continuó alejándose cada vez más de sus desvelos.

Barcelona, 21 de diciembre de 1994  

(Foto de archivo)

viernes, diciembre 31, 2010

La piedra semipreciosa

A la temprana edad de tres años, mientras hurgaba entre las rendijas de un muro de piedras semipreciosas, descubrió lo que pudo llegar a ser con los años el leitmotiv de sus consideraciones y su verdadera  existencia, y esto ocurrió exactamente cuando una de las piedras de la parte alta de aquel muro le cayó en la cabeza dejándole aturdido durante breves segundos. Al sentir la rotundez del golpe sobre su recién cortado cabello, miró hacia arriba buscando, como hacía siempre, una justificación para lo ocurrido, o un culpable.  Miró y no encontró nada ni a nadie. Repasó su frente sudorosa con el ansia de limpiarse lo que había aprendido unos días atrás que brotaba del cuerpo cuando uno se hacía daño, pero fue en vano. Decidió mirar al suelo, y claro, encontró cerca de su pie derecho lo que le había causado tal estremecimiento: una simple piedra de forma injustificada y con restos brillantes en su negruzca intimidad. La alzó con algo de trabajo y se fue hasta el jardín de su casa donde dejó tal tesoro a buen recaudo.
Aquel muro de piedras semipreciosas dividía la casa del borracho (antes de pertenecerle) de la casa de Sara, la de la esquina, la mujer del militar, aquella que con los años sí que se golpeó varias veces la cabeza y  se volvió como loca; porque parece que las piedras que le tocaron no tenían restos de brillantes y por eso le hacían daño. Pues eso, que dividía aquellas dos casas y se convertía en un buen lugar para dejar pasar el tiempo. Justo al caerle la piedra en la cabeza, y después de estar aturdido unos instantes, y de mirar hacia arriba en busca de algo o alguien, se dio la vuelta y su vista chocó con un ramillete de campanillas lilas que crecían silvestres en el jardín. Luego tropezó, cuando cargaba la piedra hasta su casa, con unas desconocidas flores amarillas, y durante el resto del camino no pudo evitar vacilar ante cada imagen que encontraba.
Con el paso del tiempo fue creciendo, como casi todos, y estuvo al tanto de evitar que otras piedras cayesen en su cabeza, y siguió cuidando las campanillas lilas y las flores amarillas del jardín de sus vecinos. Golpearse la cabeza te deja un sabor amargo de derrota, pero a la vez te regala la certeza de que hay cosas que caen desde lo alto, y si no estás al tanto, te pueden caer encima. Hay que ver lo que se llega a escribir luego de venirte a la mente que a la edad de tres años una piedra semipreciosa te golpeó la cabeza, tan fuerte, que ni tan siquiera te hizo sangrar. A veces despierto sorprendió por algo y busco, entre mi pelo recién cortado, un manantial para mi vida.

domingo, diciembre 05, 2010

Se alejó silbando

Una mañana me desperté con unas ganas enormes de salir de viaje. Hice un breve recorrido y me compré todos los zapatos del mundo. Me calcé de impaciencia y comencé a andar. La piel era suave, dócil; el pisar tranquilo, lleno de anhelos. Me sentí frívolo ante tanta comodidad... y regresé. Regresé al punto de partida y deshice las maletas con una gran resignación. Opté por un calzado más ligero, de madera y cuero de potro salvaje. Entonces salí tan de prisa que temí desbocar los deseos. Más que un viaje era cabalgar. También tuve que regresar porque tenía los pies deshechos.
Con casi todo el cuerpo sumergido en aguas aromáticas, no dejaba de contemplar la enorme colección de zapatos que tenía ante mi. De puntera fina, cuadrada, redonda, de pala, cordones, sandalias de tiras, al dedo. Más altos, más bajos, azules, negros, marrones, amarillos... con brillo, mates, de piel vuelta... Vuelta a empezar. Del armario saqué unos calcetines verdes y me puse los zapatos de Manacho, que como reza un dicho de una tierra algo lejana, son de tacón y... ¡sorpresa!, salí a la calle en busca del próximo destino a ritmo de cha cha chá, porque estos eran los zapatos de bailar. A dos tonos, de reluciente piel vacuna y encerados cordones, de punta fina y tacón fuerte. De repente estaba girando sobre ellos con la magia de los cuentos. De pronto la música terminó y me vi obligado a un silencioso blues que para nada iba con mis festivos zapatos. Me decidí entonces por un solo de tolerancia y regresé, dibujando únicamente sobre la calle algunos pasos de chulería infinita.
A estas alturas ya se me había escapado parte del tiempo que tenía para mi maravilloso viaje, y aún no había logrado alcanzar ni unos cuantos kilómetros de lejanía. Insistí una y otra vez, hasta lo intenté con unas patas de rana de sólida goma roja. Nada.
Pensé en una solución que al principio resultaba un poco disparatada, pero que después fue tomando forma y dejó de serlo, al menos un poco. Subí a la azotea, metidos en una gran bolsa, todos los zapatos del mundo que había comprado. Dejé un extremo de la bolsa abierto y comencé a dar vueltas sobre mí como un poseso. Al conseguir gran velocidad, dejé escapar a cada uno de los zapatos, para que llegasen cuan lejos fueran capaces de llegar. Así lo hice. Fue tanta la velocidad que alcancé que oí repicar las campanas de la iglesia cinco veces seguidas. Mi pelo envolvía mi aliento que se escapaba en forma de gemidos. La mirada se me salía de los ojos y desde lo alto contemplaba el rumbo de cada zapato: sentí una gran nostalgia por algún par que, ante el temor a la separación, se habían anudado fuertemente, y ahora simulaban reguiletes volantes en el espacio recortado en el cielo. Contemplé la audacia de algunos que prometían llegar muy lejos; otros de un sosiego inaudito, se sentaron a ver pasar la tarde en un cercano parque.
Una sandalia blanca, que de tan blanca guardaba como un tatuaje la huella de mi pie derecho, decidió no abandonarme y se refugió en la salida de humos del edificio...
De esto que les cuento ya han pasado varios años. ¿Volver a verles? No. Puede que haya coincidido con alguno alguna vez, pero no he estado seguro de reconocerle. Lo que sí es cierto es que recibí por correo, hace dos años, una suela certificada de piel virgen y por sus marcas supe que pertenecieron a los zapatos con los que recorrí el viaje de mi ultimo deseo.
Cuando me quedé allá arriba, en la azotea, con el saco vacío y solo... solo no, miento, cuando me quedé en la azotea acompañado por la leal sandalia blanca, pensé que el tiempo sería siempre el responsable. Basta con tan solo salirse del ruido para conocer el silencio, y es entonces cuando volvemos a querer salir de viaje, calzando zapatos o nubes, da igual, aunque a veces sea suficiente con extender la mano. Puede que esta sea la moraleja.

Yo, que lo había visto hablar consigo mismo desde lejos, no le perdí ni pie ni pisada. Aquel hombre recogió el cajón de los betunes y se alejó silbando una melodía que yo nunca había escuchado.

Barcelona, 1 de agosto de 2001 (con un calor sofocante)

sábado, noviembre 06, 2010

Quiero pensar que aún duermes

Duermes, letargas, olvidas.
Lloras, amas, regresas.
Abandonas, sueñas, desandas…
como en el regreso que nunca existió
como en la mañana rota para siempre
como en el olvidado beso de antaño
como en el grito de dolor poseído
como en el ver tu partida sin límites
Abandonas, sueñas, desandas.
Lloras, amas, regresas.
Duermes, letargas, olvidas…
Mueres.


No romperé nunca una promesa. Ahora caigo en cuenta que nunca te dije: nos volveremos a ver. Siempre lo supe, incluso cuando recuperé tu voz y tu rostro, y tus palabras, después de tantos años. No romperé la promesa de nuestro encuentro el próximo 9 de noviembre, sólo que no iremos a Berlín a encontrar nuestro pequeño trozo de muro, ha dejar nuestra huella en forma de lágrima y flor. Nos quedaremos cerca del mar, compartiendo besos y temores, sueños y desvelos, amor y olvido. Berlín sabrá esperar.

En recuerdo de Rafael, que aún duerme, el amor.

Barcelona, 26 de octubre de 2010

sábado, septiembre 25, 2010

Habana sin ti

 
 
 
 
Habana con rostros y miradas.

Habana con sol y dudas, con vida y muerte.
Habana con desvelos y risas, con amigos y olvidos.
Habana con regresos y añoranzas. Habana sin ti.



(Extrañarte me regresa a tus brazos)

viernes, septiembre 24, 2010

La canción de Biedma

Siempre supuse que Felipe y Jaime eran amantes, incluso cuando ellos no me lo dijeron. Por separado constituían un amasijo de buenas e intencionadas alegorías a la vida y al derroche de energía, vivían sumergidos en un mundo de amenazantes verbos y discordantes ideas, en un mundo repleto de amantes inconclusos y de sueños rotos.


Cada tarde íbamos en busca del reencuentro, sin saber muy bien qué buscar. Ellos partían en trozos irrecuperables sus pasos ignorando –quizás un poco- la necesidad de regresar. Yo seguía con la mirada quieta de los incautos cada gesto, cada intención, cada desespero de sus voces. Recorríamos uno tras otro las estrechas calles contiguas a la Plaza Real. Ellos ignoraban los charcos pestilentes, y yo, temeroso de arrastrar el hedor que flotaba entre las paredes de puertas entreabiertas, daba saltos inquietantes y desmesurados.

Nos mirábamos desde la distancia. El recorrido insalvable del diálogo hacía que acercáramos nuestras ansias en busca de saber más uno del otro, y yo de ellos. Con uno el silencio perseverante y la duda, con otro, el a veces desaliñado cabello sobre la nuca. No permitíamos confusiones ni duplicidades. Entre palabras e imágenes me deslizaba yo al final de cada encuentro, y el roce de una mano inquieta me hacía saber que era hora de marchar.

Aún oigo en mis recuerdos la voz de Felipe, alegre, sugerente, de refinamiento casual. A Jaime lo escucho, didácticamente elegante, seguro de sus sílabas y con el inevitable aire de quietud armoniosa. Amantes en ilusiones y miedos, amantes en verbos y fotografías, amantes en atardeceres y en el agotamiento. Uno de superficie altiva, otro de soterrados anhelos, y yo, como el recién llegado que se sienta al margen de los hechos, en la esquina más alejada de la mesa, a la espera de que alguien pronuncie su nombre.

(Cartel Juegos Centroamericanos, archivo)

lunes, septiembre 13, 2010

Colgado

Y miro a tus ojos fijamente, como cada vez que regreso. Estás colgado en el mismo lugar desde hace quizás un par de años. Colgado a la altura de mis ojos, desesperado. Custodio. Paso a tu lado cada momento, cada vez que la sed me hace atravesar el pasillo, largo, ambiguo, poco iluminado, donde tu imagen se confunde con los rostros pictóricos y enmarcados de regalos -a veces- sinceros. Paso a tu lado y casi siempre me detengo. Intento comprender, al menos, una razón para dejarte en el olvido, para desprenderme de los años, del adiós, de la muerte.
Me deterioro con tanto ir y venir. Me duelen los deseos y el brillo en tu mirada quieta. Sigo de largo en busca de un café, o de la simple justificación que me hará dejarte un guiño en el olvido. Regreso. Reconozco tu voz. No hay olores ni risas que imposibiliten oírte. Machacas el silencio con los chasquidos de tu lengua, con la verborrea insonora, con la mirada tierna, con tus ligeros pasos. Vuelo. Desespero. Añoro. Parece que mirarte es la única razón para estar vivo. Continuo.
Dejo mis pasos atrás. Divido el largo pasillo en mitades angustiosas, en veranos lejanos, en castillos de arena, en ruegos y abrazos vaciados.
Desaparezco entre el principio y el fin de tu mirada, colgada como siempre a la altura de mis ojos.

("...en la siesta, el gladiador amanece palmera." José Lezama Lima)

domingo, agosto 29, 2010

El Boulevard de San Rafael

El Boulevard de San Rafael, el Barrio Chino, El Vedado… La Habana. La ciudad repleta de gentes, de gritos, de deseos. La ciudad abierta, a la espera, inundada de ojos y de anhelos. Un simple hombre se abre camino entre coches, bicicletas, andamios, charcos y carteles revolucionarios.


Los altos edificios de fachadas abiertas a los ojos del mundo coronan sus azoteas con un enmarañado de antenas y alambres. En los solares se agolpan las Titinas para verle pasar, y los niños buenos le lanzan pelotas a la cara. Los negros rumberos sacan chispas de los cueros de sus tumbadoras, y la poesía de cientos de Rudys rebota en paredes y pechos. Los gatos, ladrones arduos y sigilosos, ronronean en las ventanas en busca de un bistec a punto de caer en una sartén, y los imprevisibles Gonzalos empujan al recién llegado al disfrute de la ciudad.

El mar jubiloso, las lomas, los adoquines de las viejas calles, la sombra de los portales y un ardiente trago de ron tras otro. Los encuentros ante tazas de humeante café y heladas cervezas, de cerdos asados y congrí, de caguamas criadas en el patio de casa.

Las noches habaneras, el Cabaret Nacional, el Capri, Juana Bacallao, Tropicana. Las noches de Pinomar en Santa María. Los amaneceres en Cojímar, los desayunos de la abuela y las matas de mango.

La mesa del comedor como escritorio para este hombre que devora con sus ojos todo lo que aparece ante él. Una mesa donde comer y jugar dominó, donde hacer poesía y reír con anécdotas cotidianas. Las guitarras en la terraza. Las charlas con la mayor de las abuelas. Los gallos del corral convertidos en rojas crestas y afiladas espuelas. Las gallinas que cacarean el amanecer.

El malecón cojimero y la Terraza del Viejo y el Mar, con sus langostas recién enchiladas y sus lentos camareros con bandejas de arroz blanco y tostones. El mar, a sus espaldas, bramando simplemente a la felicidad.

Un carnaval de libros e historias, de recuerdos callejeros, de música, de luces. Las grandes marquesinas de olvidados teatros. El Martí, el América, el Teatro Guiñol y los aplausos, las risas y los asombros. Manos prestas para la ovación, cuerpos en busca de abrazos. El éxito y las copas en el bar Sherezade. La gira por pueblos sin bombillas, de escenarios promiscuos y de altavoces mañaneros en reclamo de una noche de teatro.

Varadero, El Padrino con su negra piel y sus blancos pañuelos, y sus novias, y sus banquetes. La casa a orillas del mar repleta de colchones. Frutas, quesos, puercos asados y panes en forma de caimanes, y risas, muchas risas.

Se repiten en el tiempo las calles de La Habana, y sus tejados de enmarañadas antenas y alambres. Vuelven sus Titinas, sus Rudys y sus Gonzalos. La música y la insistencia revolucionaria, las noches de cabaret y las quietas mañanas a orillas del mar, en las que yo, agradecido por tener estos recuerdos, vacío mis bolsillos.



Una Habana para Rubianes (Barcelona, 1 de mayo de 2009)

He oído decir que envejecer es terrible

Cuando miramos atrás, por muy corta que tengamos la vista, vemos enseguida el pasado. Pero no se trata ahora de hablar de lo que hemos vivido con más o menos éxito, si no de lo que está por venir. Yo, por ejemplo, si ahora mirase hacia atrás, la primera imagen sería la de un frasco de perfume que se abrió por primera vez hace 16 años, y cuando esto ocurre, la fragancia contenida en él ya está apelmazada y deleznablemente olorosa. Lo curioso de esta observación es que este perfume es un regalo que me hizo mi amigo Felipe de Paco y que aún conservo a mitad llena. Mi bisabuela conservaba antiguos frascos con restos de aceites perfumados, símbolo total de su vejez que ahora comienza a traspasarse a mi vida. Digamos que mi vejez se llamará Antaeus, y que Chanel, sin perseguir pretensión alguna, es quien marcará el rancio olor de mis años.

Perseguir, oler, buscar, extraviar…

lunes, agosto 09, 2010

Años en blanco y negro

Se acerca el sol y todo comienza, o eso pensamos los que a temprana hora de la mañana saltamos de la cama para empezar el día. Mas es difícil dictarle al azar cada uno de los hechos que han de ocurrir. El día simplemente se asoma y cada uno de nosotros comenzamos a vivirlo, en su muerte. Todo es negro, todo es blanco. Todo se funde en el recuerdo. Rostros, pensamientos, amores, risas… todo en el blanco y negro de una época de la que hemos huido a fuerza de carretes revelados y flashes deslumbrantes.
Mis recuerdos en blanco y negro son parte de mi vida, quizás de una parte muy importante en la que aprendí a ver las sombras entre lo que para mí eran siempre destellos. Todo ha transcurrido de una manera fugaz, y cuando veo una tras otra las imágenes de años pasados pienso que he sido dichoso por haberlos vivido. En ellos conocí a todos los que han dado forma a mi existencia; unos efímeros paseantes de oscuras noches, otros de soles abiertos en mañanas florecientes; unas inquietas aves nocturnas de avidez sin par, otras ligeras mariposas quietas al sol sobre pistilos de empalagosa dulzura.
Estos son los hombres y mujeres de mi vida, a los que conocí en blanco y negro, a los que he amado en vivos colores.
Mira atrás –le escuché decir a alguien que bajaba la estrecha escalera de un edificio en ruinas. ¿Por qué he de hacerlo? – replicó otra voz que unos escalones más arriba ansiaba llegar al portal. Por algo sin apenas importancia… –fue la respuesta- conocer las sombras te hará amar el sol, y cuando te encuentres en plena calle sabrás que la vida es una mezcla de colores. No te apures –insistió- aún estamos todos a tiempo.
Cuando ambos salieron del portal de aquel edificio de la calle Neptuno fueron cegados por el fuerte sol del mediodía habanero. Se miraron pero no pudieron reconocer sus rostros, y sin más, tomaron rumbos distintos. Puede que vuelvan a encontrarse en alguna esquina, y que una tenue sombra les permita mirarse a los ojos y recordar… conocer las sombras te hará amar el sol.
La Habana, años en blanco y negro. Recuerdos.

jueves, julio 29, 2010

Sin título

Algo pasa entre coches y gentes
Entre ruidos y sueños que se desvanecen



Algo deja de ocurrir ante un grito roto
Ante una pasión dormida.
No sé qué palabras serán suficientes por esta vez
No sé qué sentir en tu lugar de dolores ajenos
Sé que quiero romper tus angustias
Aligerar tus pasos
Amarte.




Bcn, 21 de junio de 2003

La imperfección

Demasiado temprano en la mañana me dirijo hacia el mismo refugio de cada día; aún las sombras se forman ligeramente sobre las aceras y los recortados céspedes. No es tiempo de hojas muertas ni de caricias reconocibles, no es tiempo de andar despacio ni de cometer errores, no es tiempo de sonreír sin motivos ni de animar a cuerpos ajenos al placer. Quizás es demasiado temprano cada día, y quizás y por alguna rara razón, mis pasos cada vez son más veloces.
Al cruzar el estrecho puente que separa las almas, el espacio se me antoja abrupto e infranqueable. Siento sudorosas manos que me someten, que retienen mis sensaciones y todo se me viene encima. Las hojas de los árboles, verdes y vivas, la mierda de los pájaros anclada en las ramas desnudas, los rayos del primer sol, la sombra de todas las manos. Me siento inapropiado, vacío, equivocado. Miro con ansias de reconocer, al menos, las caricias que suben por mis piernas, los orgasmos de mis ojos, la acidez maltratante de mi estómago, las lágrimas que caen sobre mi piel.
Todo es en vano. El estrecho puente se tambaleaba bajo mis pies. Se enfurecen las voces de la mañana de las almas extraviadas. Se muerden las uñas los deseos fortuitos. Se piensan adioses nunca pronunciados. Se mueren las ganas entre sollozos. Se vacían los bolsillos de monedas oxidadas. Se mueren desde lejos palabras sueltas, inanimadas frases…
Estoy justo a mitad del camino sin saber qué más puedo hacer. Ronquidos de retardados hombres rompen el calmado silencio y los olores propios de las mañanas no me dejan respirar. Miro hasta el final de mis posibilidades sin dudar sobre todas las cosas que faltan en mi camino. Lo sé desde hace mucho tiempo, y a pesar de ello lo intento recorrer cada vez que despierto de cada una de mis nauseabundas noches. Regreso. A la mañana siguiente regreso, muy temprano, y aligero una vez más mis pasos.

París, noviembre de 2006

Jugar sucio


La prisa rompe el camino, y tú deshaces el resto de los días, y yo, recompongo las necedades y los desmayos; y tú te esparces como algo nuevo, y yo, me revuelco en los adioses; y tú, juegas a pedir palabras, y yo, a olvidarlas.
No sé cuál de las maneras deja inconclusa la canción que hace tanto tiempo no canto,
ni la obsesión de los tiempos y las frialdades, ni los desvelos, ni el silencio, ni el aborto de las manos rotas.
Voy a dejarme caer de espaldas, simplemente, a favor del viento, para que no puedan recoger mi absorto e impronunciable cuerpo. Voy a dejarme desvestir por las paredes a medio pintar, y me marcharé de prisa y sin mirar atrás… “como no es costumbre en mí”.
Jugaré sucio por una única vez, la última, y será como esconder el doble nueve en la manga de una camisa ajena, por eso será un juego sucio, porque dejaré la manga de la camisa de alguien a expensas de las palabras.

Bcn, 13 de marzo 2006